Contaminación de los Mares

El 17 de junio del 2010, estaba cerca de la casa del Nieves sentado en un barecito de luchadores que ya desapareció, viendo el partido de México Francia del mundial de futbol. Con incredulidad miré como nuestro equipo mexicano vencía a Francia dos a cero con goles del Chicharito y del Temo, ya se imaginarán la algarabía y felicidad que reinaron durante esos minutos efímeros que duró el partido. Al terminar el encuentro decidí ir a echar una buceada a las pilitas, que mejor premio después del triunfo que ir a contemplar las maravillas vivas de un arrecife marino en la desembocadura de un arroyo con estero. Las pilitas es un lugar muy querido para mi desde que era niño, ahí mi tío Miguel (el Chingalín) me enseñó a bucear cargando la costalilla de los ostiones para la hora de la comida, yo me quedaba absorto viendo a mi tío hacer apneas de casi 3 minutos de duración en cada sumergida para barrear el ostión. Mientras cargaba la costalilla, me rodeaban centenares de pececitos de colores azules, rayados, amarillos rojos y una que otra morena que excitadas por la presencia en el agua del olor a ostión salían de sus madrigueras para ver si les tocaba un bocado.

Ahí aprendí que el pulpo es un ser con una inteligencia que algunos humanos envidiarían. Vi a uno de ellos como muerto que la corriente llevaba y traía rodando en el fondo según las olas con un aspecto podrido y rígido, la carne blanca verdosa y que daba un poco de asco al verlo, con curiosidad me acerqué para tocarlo con una vara y al hacerlo súbitamente cambió de su color mortecino a un café muy vívido con fulgores azules y rojos recobrando la vida y la flexibilidad huyendo de mi en sentido contrario, yo lo seguí en corto durante unos momentos pero el tramposo animal aventó una tinta color chocolate provocando una nubecita que capturó mi atención por un instante, suficiente para que me distrajera y lo perdiera de vista para siempre. Ese día del mundial las pilitas no me decepcionaron, pude ver una piedra con barbas movedizas que cuando me acerqué me di cuenta que estaba repleta de baby lobsters mirándome con sus ojillos que sobresalen de sus cabezas, cientos de botas pasando curiosas rápido cerca de mi, un cardumen gigante de sardina en el que me sumergí buceándolo hasta topar con un pargo enorme color rojo alimentándose de ellas y para culminar dos tortugas jugueteando en el agua, nadando a la manera de dos aviones caza que hacían acrobacias en el cielo siguiéndose una a otra. Miré a los infaltables peces sapo espinosos, torpes al nadar y que si los tocas se convierten en globos de espinas, maranguanas, mojarras, bocadulces, zopilotes, cagones, y muchos otros peces que ya olvidé sus nombres. Así estaba nuestro arrecife tan querido y famoso mundialmente en el 2010.

Los años han pasado y la civilización como si fuera un comején se ha ido apoderando y devastando los bosques ríos y esteros de nuestra querida Sayulita, la última vez que fui a bucear a las pilitas fue hace dos años, antes que colocaran el tubo profundo del drenaje.
Mi tristeza no pudo ser mayor al ver aquel paraíso subacuático totalmente pelón, casi sin peces, sin corales, sin algas y con un olor a aguas negras y detergente que me recordaron los ríos de agua con caca y meados que fluyen acá en Guadalajara formando cascadas gigantes que caen directamente a la barranca de Oblatos contaminando el río Santiago que por cierto desemboca en Nayarit.

Siento yo que como miembros de la comunidad de Sayulita nos debemos replantear el significado de la palabra “desarrollo”, si el desarrollo destruye el hábitat es un desarrollo tal como se desarrolla el cáncer, se desarrolla y crece para matar al ser vivo, incluyéndote a ti, a mi y a nuestros hijos.

Luis Adán Arce Mantecón, en Sayulita desde 1962.

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